El liderazgo es el factor crítico de
éxito de las empresas, ya que liderar, dicho de manera coloquial, es hacer que
las cosas ocurran. Liderar es la capacidad de convertir una visión en una
realidad, y ello tiene que ver con la capacidad para movilizar a un conjunto de
personas hacia un objetivo común. La influencia es la verdadera medida
del liderazgo; liderar es el arte de influir en los demás. Influir es ‘hacer
hacer’, y la comunicación es la base del liderazgo: si no comunicas no influyes; y si comunicas
mal, influyes mal.
No es casual que Peter Drucker
afirmase: “El 60 por 100 de los problemas empresariales son consecuencia de una
mala comunicación”. Sin una buena comunicación no puede existir un equipo y sin
un equipo no puede existir una empresa de éxito. Los equipos que mejor
funcionan son aquellos que tienen altos niveles de comunicación. Ya lo decía
Tom Peters, autor de En busca de
la excelencia: “Los líderes comunican sin descanso”.
El éxito de una relación, del tipo
que sea (pareja, amistad, profesional) reside en un buen nivel de comunicación.
La falta de comunicación y la mala comunicación arruinan las relaciones y los
equipos.
Jack Welch, uno de los personajes
incluidos en Aprendiendo de los
mejores confesaba: “Por encima de todo lo demás, los buenos líderes
son abiertos. Van arriba y abajo, y dan vueltas por todos los rincones de sus
organizaciones para llegar a la gente. No se quedan en los canales
establecidos. Son informales. Son directos con la gente. Hacen que ser
accesible se convierta en una religión para ellos”.
Los buenos líderes no sólo son
accesibles sino que son ellos los que acceden a su gente. Si el diálogo no
surge, lo provocan. Los líderes buscan el encuentro personal con los miembros
de su equipo. El liderazgo es un deporte de roce y el contacto. El liderazgo
siempre es presencial. No se puede ser líder instalado en el despacho entre
cuatro paredes.
Y digo esto, porque en un mundo
donde estamos abusando tanto de la tecnología, se corre el peligro de olvidarse
del cara a cara, y hay
cosas que no se pueden resolver por mail por whatsapp o por teléfono. El CEO de una firma de alta
costura me decía en cierta ocasión: “Hoy día se da una paradoja tecnológica: la
tecnología nos acerca a los más lejanos y sin embargo nos distancia a los más
próximos. La gente cada vez se escribe más y se habla menos. Se intentan
resolver problemas sin encontrarse, y hay cosas que no se pueden resolver así.
La relación humana sigue siendo muy importante”.
El problema de la tecnología a veces
es que nos pone demasiado en contacto con nosotros mismos y al mismo tiempo
genera un distanciamiento con los demás que es contraproducente ya que la
comunicación existe para mejorar la complicidad, resolver desconfianzas, y para
evitar malentendidos.
La comunicación es tan importante
porque no existe relación humana donde no existan conflictos, y la comunicación
es la única herramienta para resolverlos. Los conflictos sólo se resuelven de
una manera: hablando.
Un equipo donde no existan
conflictos es un equipo muerto. Y cuando hablamos de conflicto, no lo decimos
con una connotación negativa, sino un punto en el que existe alguna diferencia,
y por tanto, hay que resolver. Lo malo no es el conflicto sino su mala gestión.
Los conflictos bien gestionados ayudan a crecer, porque sirven para conocernos
mejor a nosotros mismos y a los demás. El problema es que a menudo, ante un
conflicto, los negamos o huimos de él. Y los conflictos no gestionados en su
momento, crecen. ¿Y por qué los negamos o huimos de los conflictos? Porque afrontar
conflictos no es una situación cómoda y exige valentía.
Hay que entender que el grado de
madurez de una organización depende de su capacidad para gestionar conflictos.
Y en ello la comunicación lo es todo.
Por: Francisco Alcaide Hernández
