Más como percibió el silencio absoluto del maestro,
fue a cumplir la orden. Así que empujó a la vaquita por el precipicio y la vio
morir. Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante
algunos años. Un día el joven agobiado por la culpa resolvió abandonar todo lo
que había aprendido y regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir
perdón y ayudarlos. Así lo hizo y a medida que se aproximaba al lugar, vio todo
muy bonito, con árboles floridos, todo habitado, una enorme casa con un auto en
el garaje y algunos niños jugando en el jardín. El joven se sintió triste y
desesperado por pensar que aquella humilde familia tuviese que vender el
terreno para sobrevivir; aceleró el paso y, llegando allá, fue recibido por un
señor muy simpático. El joven preguntó por la familia que vivía allí hacia unos
cuatro años, el señor respondió que seguían viviendo allí. Espantado, el joven
entró corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que visitó hacía
algunos años con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al señor (el dueño
de la vaquita): “¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?” El
señor entusiasmado le respondió: “Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el
precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras
cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos, así alcanzamos
el éxito que sus ojos vislumbran ahora.”
Es posible que nuestra vaquita nos esté limitando
terriblemente. En las organizaciones esas vaquitas son las que impiden cambiar
y ejercer el espíritu emprendedor. Nos sentimos conformes con los resultados
apenas satisfactorios y operamos con procedimientos casi obsoletos que no
queremos cambiar. Arrojar la vaca al barranco implica romper los viejos
paradigmas y construir nuevos. Aunque hay que tener cuidado de pasarse de la
raya y romper aquellos paradigmas que deberían ser eternos, como algunos de los
valores y principios de actuación de la empresa que la hicieron exitosa.
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