miércoles, 18 de enero de 2012

PARÁBOLA DEL SAMURAI

Un maestro samurái paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar. Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de realizar visitas, conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de estas experiencias. Llegando al lugar constató la pobreza del sitio: la casa de madera y sus habitantes, una pareja y tres niños vestidos con ropas sucias y rasgadas, sin calzado. Entonces, se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia y le preguntó: “En este lugar no existen posibilidades de trabajo ni puntos de comercio, ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir aquí?" El señor calmadamente respondió: “Amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte del producto la vendemos o la cambiamos por otros alimentos en la ciudad vecina, y con la otra parte producimos queso, cuajada, etcétera, para nuestro consumo y así es como vamos sobreviviendo.” El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento, luego se despidió y se fue. En el medio del camino, volteó hacia su fiel discípulo y le ordenó: “Busca la vaquita, llévala al precipicio de allí enfrente y empújala al barranco.” El joven espantado vio al maestro y le cuestionó sobre el hecho de que la vaquita era el medio de subsistencia de aquella familia.
Más como percibió el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la orden. Así que empujó a la vaquita por el precipicio y la vio morir. Aquella escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante algunos años. Un día el joven agobiado por la culpa resolvió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos. Así lo hizo y a medida que se aproximaba al lugar, vio todo muy bonito, con árboles floridos, todo habitado, una enorme casa con un auto en el garaje y algunos niños jugando en el jardín. El joven se sintió triste y desesperado por pensar que aquella humilde familia tuviese que vender el terreno para sobrevivir; aceleró el paso y, llegando allá, fue recibido por un señor muy simpático. El joven preguntó por la familia que vivía allí hacia unos cuatro años, el señor respondió que seguían viviendo allí. Espantado, el joven entró corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que visitó hacía algunos años con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al señor (el dueño de la vaquita): “¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?” El señor entusiasmado le respondió: “Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos, así alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora.”
Es posible que nuestra vaquita nos esté limitando terriblemente. En las organizaciones esas vaquitas son las que impiden cambiar y ejercer el espíritu emprendedor. Nos sentimos conformes con los resultados apenas satisfactorios y operamos con procedimientos casi obsoletos que no queremos cambiar. Arrojar la vaca al barranco implica romper los viejos paradigmas y construir nuevos. Aunque hay que tener cuidado de pasarse de la raya y romper aquellos paradigmas que deberían ser eternos, como algunos de los valores y principios de actuación de la empresa que la hicieron exitosa.

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